Se perdió un partido y se ganó experiencia.
El resultado no refleja la lucha que mantuvo el equipo Caserío durante el encuentro. Al descanso, empate; incluso estuvieron por delante en el marcador en algunos momentos, obligando al Bidasoa a ponerse muy en serio con los “recién llegados”. No se vio un equipo ascendido, no se vio un equipo inferior, no se notó la diferencia de presupuestos ni de calidad en la plantilla: se vio un equipo con ganas de aprender. Que si fallas un 7 metros, el rival aprieta; que si fallas una defensa, el rival aprieta; que si pierdes un pase, el rival aprieta. Señoras, señores, niñas, niños… ladies and gentlemen: welcome to ASOBAL.
Desde que empecé a oír hablar de balonmano, siempre se habla de kilos de peso y centímetros de altura. Este Caserío, en su primer día de clase con los mayores, ha sido pesado y alto. No se vino abajo. Que sí, que perdió de muchos, pero da igual perder de uno que de veinte en estos casos. Lo que se traen de Irún son moratones más grandes que en Plata, y esa es la lección.
Sigo sin tener mucha idea del juego, aunque continúo analizando y fijándome en el comportamiento de los jugadores, los técnicos, los directivos y la afición. Con esta última comparto mucho tiempo, y es donde veo el continuo amor que se tiene por los de amarillo.
Especial mención a los peregrinos que llegaron a Irún para animar. Un primer partido en la máxima categoría que no querían perderse y que nos contarán más el próximo jueves en La Voz Amarilla.
Ya venir de donde venimos —Ciudad Real— es suficiente para que los rivales se esfuercen más. No os van a dejar jugar tranquilos, no van a querer que tengáis la pelota, os pegarán más fuerte, os perseguirán más rápido y os agarrarán de los brazos para que no tiréis a portería. Os querrán comer la moral antes de empezar, no os dejarán pasar una, y todos los equipos contrarios os tienen marcados como objetivo a batir. No todos los días se gana a los de Ciudad Real. Es como saber que un futbolista brasileño o un judoca japonés llevan ese sello: cuando oyen “Ciudad Real” en una cancha 40×20, todos se aprietan. No voy a decir ahora que preferiría ser de Albacete, pero es lo que hay: las leyendas son así, y aquí el balonmano ha escrito páginas históricas en este deporte.
Así que este primer partido lo he vivido con la Grada Amarilla, cantando su himno, aplaudiendo en cada gol o parada y apretando los dientes con los errores y el buen juego del Bidasoa. Como decía, no se pudo guardar nada: los de Urdiales y Ortiz pelearon mucho, pero pagaron caros los errores desde los 7 metros, y la ansiedad que eso genera provocó fallos en defensa, advertidos al instante.
No veo que eso afecte de manera negativa al ánimo, al contrario. Creo que vuelven reforzados: tuvieron el control, nada más y nada menos, que del poderoso Bidasoa, aquel Elgorriaga temido hace más de 30 años, uno de los equipos más antiguos de este país, con cantera y trayectoria impecables. Caserío, desde 2011, ya anda molestando: final a 8 de Copa, metidos en ASOBAL y sin perder el paso.
Veo positiva la derrota. La temporada pasada cayeron en Triana y luego no dejaron títere con cabeza en la repesca. Los más cercanos me habréis oído decir que al Caserío le falta perder algo: esa rabia, esa piel de gallina, ese apretar de dientes con sabor a tierra, la mirada forzada por las lágrimas, el picor del cansancio y el quemazón de la furia, del que se cree pequeño y en realidad solo estaba arrodillado. Solo cuando pierdes algo, cuando lloras por ello, la manera natural de defenderlo crece en ti y rompe con todo aquello que te limitaba hasta ese momento. Lo he visto infinidad de veces, y muchas en el deporte. Somos humanos, somos máquinas diseñadas para desintegrar nuestras fronteras. Creo en este conjunto de humanos.

Y eso fue la tarde.