El historiador David, profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha, define la última década como un periodo de retroceso democrático hacia el totalitarismo. Lejos de los avances sociales esperados, asistimos a un neocolonialismo donde prevalece el interés particular sobre las normas internacionales. Organismos como la ONU pierden relevancia frente a invasiones no declaradas y ataques a civiles, rompiendo el orden establecido tras la Segunda Guerra Mundial.
Esta era se caracteriza por la inestabilidad política y el declive de los grandes imperios, que actúan con caos ante la pérdida de hegemonía. Las dictaduras modernas ya no surgen únicamente por la fuerza militar, sino mediante urnas, utilizando mecanismos legales para desmantelar instituciones desde dentro. Ejemplos recientes muestran ataques al poder judicial, a la prensa y a la cultura, sustituyendo el debate por la persecución ideológica.
La polarización actual alimenta un fanatismo político desconocido en décadas anteriores. Se ha instaurado una dinámica inquisitorial donde la opinión disidente es etiquetada y silenciada, generando miedo en sectores culturales y académicos. La libertad de expresión cede terreno ante lo políticamente correcto y los intereses económicos, eliminando los matices del debate público.
Ante este escenario, la educación histórica resulta vital para analizar fuentes, identificar sesgos y comprender contextos. La historia no es lineal, sino sinuosa, y las decisiones tomadas en estas próximas décadas definirán los siglos venideros. La resistencia humana y el acceso a la información global ofrecen herramientas para combatir el autoritarismo, aunque el desafío requiere recuperar la cultura de la libertad democrática y el respeto institucional.