Anoche, un hombre caminaba solo, envuelto en la fría niebla de su ciudad. No se veía nada en las calles, y el silencio era denso. De repente, vio a un pajarito, que parecía muy triste, acurrucado en el suelo.
—¿Qué haces pajarito? ¿Por qué estás tan triste?—, le preguntó.
El pájaro levantó su cabecita y le explicó:
—Estoy esperando que la niebla desaparezca. No puedo volar así, no veo nada y tengo miedo de lastimarme.
El hombre, siendo una persona de buen corazón, no dudó en invitarlo a pasar la fría noche en su casa.
A la mañana siguiente, el hombre se levantó y, al mirar por la ventana, vio un cielo azul y despejado.
—¡Qué buen día hace!—, comentó con una sonrisa.
El pajarito, que se acababa de despertar, se lavaba con su piquito rojo y negro.
—Buenos días, señor. Parece que hay sol. Entonces me voy ya—, dijo.
Pero el hombre, que ya le había cogido cariño, le preparó un pequeño desayuno para que tuviera mucha fuerza al volar.
—Muchas gracias, buen hombre, no quisiera molestar más—, dijo el pajarito, moviendo su colita.
—No es ninguna molestia, es que quiero cuidarte—, le respondió.
Como un gesto de agradecimiento, el pajarito se acercó y le dio un suave picotazo en la cara. Después, el hombre abrió la ventana y, con una sonrisa, lo vio partir.
—¡Adiós, pajarito, ten mucho cuidado!—, le gritó, despidiéndose de su pequeño amigo.
Javier Fuentes.