Ya se ha cumplido el primer mes de mi jubilación. Después de 20 años, 1 mes y 20 días, he cobrado mi primer mes de pensión, ahora para el resto de mi vida. Han sido unos meses muy duros, una decisión muy dura. No la he podido tomar solo, y no he podido decidir lo que yo quería. Al final, ha sido un término medio.
Estos últimos cinco años y medio han sido los mejores de mi carrera profesional. He trabajado con los mejores técnicos e investigadores del mundo, y ahora te voy a contar cómo y por qué. Como he dicho, empecé hace muchos años, antes de lo que indica mi vida laboral, mucho antes. Han sido muchas empresas y muchos trabajos diferentes, aunque ahora, al final, todos han llegado a tener sentido.
A principios de la pandemia entré a trabajar en una empresa que hacía una reacción bacteriológica para hacer un producto. Había en juego, empezando por bacterias, hongos, temperaturas, tiempos y procesos muy asépticos. A mediados del 2021 entré a trabajar en unos laboratorios oftalmológicos; no duré mucho, pues mi interés era aprobar unos procedimientos para trabajar en la industria farmacéutica y me tiré de cabeza a una oferta de trabajo para auténticos héroes. Con más vergüenza que miedo completé el proceso de selección y, una vez en las pruebas finales, di el resto.
Fueron muchas horas cada día, muchos días al mes, siendo la hora que fuese: manuales, videos, datos, análisis, comparativas, características técnicas, esquemas de todo tipo, hojas y hojas de información. A todo esto, el entorno: en esos momentos el más peligroso del planeta, el más controlado pero el más peligroso. Mientras el resto del mundo se protegía con la distancia de seguridad, nosotros entrábamos a poner las manos encima y toda nuestra atención. A partir de ese momento la exigencia es máxima. No he conocido condiciones más duras y extremas; he trabajado en sondeos, minería, química, nuclear, hornos, alimentación, fundición e incluso un desguace de tractores y una chatarrería industrial. Pero como el ambiente de una sala ISO mínima, la exigencia física de estar horas en una posición inmóvil o forzada, la mental de no ponerte nervioso, la profesional de saber que tienes que hacer en el menor tiempo y con menor invasión posible… La concentración, el estrés físico y las indicaciones del entorno hacen que todo sea muy difícil.
Y todo es proporcional. Salir de allí, literalmente de las instalaciones, fuera de allí ves el resultado en la vida de las personas, y la sensación es equitativa: la de satisfacción, la de «hice bien, hice bien».
Entonces llegó el mejor día de mi vida profesional. En realidad fue el de otras dos personas, pero quisieron hacerlo extensible a todo el equipo que consiguió hacerlo llegar del laboratorio a los brazos de las personas. En 2023 se concedió el Premio Nobel de Medicina a los doctores Karikó y Weissman por la vacuna del COVID-19, y lo hicieron extensible a todo el equipo de los laboratorios que hicieron posible la fabricación de la vacuna y su puesta en marcha. Yo formé parte de ese equipo ese tiempo; no empecé y no he podido terminarlo, pero formé parte casi dos años de ese equipo. Y para un niño que empezó a limpiar platos, servir en bodas y después en todo lo que antes dije, llegar a estar a unos correos de distancia de los premios Nobel, que te hagan sentir de ese equipo, y te dejen trabajar junto a todos ellos, pues es una gran cosa.
El orgullo me lo guardo. Lo hice por la trayectoria que llevaba, por no pararme donde estaba y seguir creciendo a ver dónde llegaba. Y llegué más allá de donde jamás hubiera podido imaginar llegar. He estado barriendo y fregando en unas cuadras, recogiendo cristales en una embotelladora, cambiando aceites en una excavadora, poniendo tubos y haciendo cemento en un sondeo, y he terminado en el equipo de personas que han participado en la mayor pandemia de la historia moderna, y contra uno de los virus más peligrosos de los que se tienen datos. Solo me dedicaba a poner unos robots en orden, tener repuesto de todo preparado, tener el conocimiento para diagnosticar y, sobre todo, estar dispuesto a hacerlo.
Hubiera seguido haciendo esto el resto de mi vida, y eso hice, por lo menos el resto de mi vida profesional. Ya no podré entrar a un entorno limpio para trabajar. Han sido unos meses duros, una decisión forzada y no consentida, algo que pone fin a una gran carrera profesional, por lo menos sobre el papel. A partir de ahora tengo un proyecto personal el cual convertiré en profesional; no me voy a quedar parado.
No hay una conclusión poética ni rimbombante, no hay moraleja, ni se ha aprendido nada con esta historia. No hay un final feliz, ni confeti volando. Hay una historia de 20 años y poco, que termina con un ataque epiléptico que me fríe y me deja con medio sistema quemado, incapaz de volver a las capacidades de antes. La medicación hace el resto, deja el otro medio sistema a medio gas. Recordar, hablar, caminar, discernir, cavilar, examinar, analizar… se acabó. El tiempo de reacción se ha convertido en una anécdota, la comprensión es una incógnita y el tiempo se ha plegado sobre mí. La matemática no tiene resultado, son estadísticas; el espacio no tiene dimensiones, es finito. En lo físico estoy esperando el desescombro. Para cerrar el ciclo tuve una caída con una rotura de pie como resultado.
Y de adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor, ahora un burro en un sembrado, espantando buitres con el rabo.
Esperaba retirarme pronto, no tan pronto. No he cumplido 43, esperaba a los 55 o así, y bien, pero no que me sacaran en camilla del estadio. Solo los años que me quedan escribirán en Damocles.
Para acabar, ¿Tu cuantas vidas has salvado en tu vida?