El 29 de enero de 1929, las calles de Ciudad Real no despertaron con el habitual bullicio del mercado. Antes del alba, a las cuatro y media de la mañana, el silencio de la calle Toledo fue roto por el estruendo de los carros de combate y el chisporroteo de las ruedas de madera y acero sobre el empedrado. El Regimiento de Artillería Ligero, con base en el Cuartel de la Misericordia, se había echado a la calle. No era un desfile: era un desafío directo a la dictadura de Miguel Primo de Rivera.
Un plan nacional que se quedó solo en La Mancha
El contexto era convulso. España arrastraba las heridas del Desastre de Annual y el agotamiento de un Directorio Militar que, aunque inicialmente apoyado por la burguesía y el rey Alfonso XIII, comenzaba a agrietarse. Políticos como el conservador José Sánchez Guerra y militares como el General Aguilera (vinculado a la famosa «San Juanada») habían urdido un plan: una sublevación coordinada en las principales capitanías generales, apoyada por una huelga general de la UGT y la CNT.
Sin embargo, el plan se desmoronó como un castillo de naipes. En Valencia, Madrid y Barcelona, la indecisión y las detenciones preventivas frenaron el movimiento. Solo en Ciudad Real se cumplió la palabra dada. Los artilleros locales, creyendo que el resto de España les seguía los pasos, tomaron por sorpresa el Gobierno Civil, el Ayuntamiento y los edificios de Correos y Telégrafos.
El duelo de Miguelturra: Una escena de película
Uno de los episodios más singulares de aquella jornada ocurrió en la vecina Miguelturra. Un destacamento de artilleros, con un obús (cañón ligero) listo para disparar, se plantó ante la casa-cuartel de la Guardia Civil.
La tensión se podía cortar con un cuchillo. El sargento de la Benemérita, lejos de amedrentarse, ordenó a sus cuatro guardias apostar sus fusiles Mauser en las ventanas y pidió a sus esposas —entre ellas doña Nieves Moíno, quien guardó la memoria de este hecho— que sostuvieran las armas para simular una fuerza mayor. El sargento salió a pie de calle y, desafiando al teniente artillero, logró que los sublevados desistieran. Aquellos guardias civiles serían luego elevados a la categoría de héroes por la prensa oficial del régimen.
La respuesta del Dictador: El castigo a una ciudad
A media mañana, tres aviones procedentes de Cuatro Vientos sobrevolaron Ciudad Real lanzando octavillas. El mensaje de Primo de Rivera era tajante: rendición inmediata o el uso de la fuerza. El texto acusaba a los oficiales de «soberbia» y advertía que columnas militares ya marchaban hacia la ciudad desde Madrid.
Ante el aislamiento total y la falta de noticias del resto del país, los sublevados depusieron las armas y regresaron al cuartel. Pero las represalias no se hicieron esperar:
- Juicios y penas: El Coronel José Paz Faraldo y otros mandos enfrentaron consejos de guerra con peticiones iniciales de pena de muerte, conmutadas finalmente por reclusión.
- La pérdida de la capitalidad: En un acto de venganza política, Primo de Rivera inició los trámites para trasladar la capitalidad de la provincia a Valdepeñas, un proceso que solo la caída del dictador poco después logró frenar.
- La humillación de la bandera: El regimiento fue disuelto y su bandera enviada al Museo del Ejército con un crespón negro, como símbolo de deshonor por haberse rebelado contra el orden establecido.
Epílogo: La memoria restaurada
Durante décadas, este hecho quedó relegado a las notas al pie de los libros de historia. No fue hasta 1983 cuando el regimiento heredero en Ciudad Real recuperó el derecho a portar su bandera de forma digna, cerrando una herida que duró más de medio siglo.
Hoy, al recordar aquel 29 de enero, no solo conmemoramos un hecho militar, sino el pulso de una ciudad que, para bien o para mal, se atrevió a ser el epicentro de un cambio que el resto de España aún no estaba listo para ejecutar.