Tenemos cinco emociones básicas en el ser humano: alegría, sensación de bienestar y gratificación; tristeza, respuesta ante una pérdida o desilusión; miedo, alerta ante un peligro o amenaza; asco, sensación de rechazo o repulsión hacia algo, e ira, sentimiento de indignación o rabia ante una frustración o injusticia que puede traducirse como odio.
Y ahora nos quieren monitorizar el Hodio, culparte y condenarte.
Tenemos derecho a odiar; lo que no tenemos derecho es hacer daño de cualquier manera a quienes odiamos o a lo que odiamos. Podemos sentir ira, pero no podemos desatarla; es simple. Nunca antes hemos sido tan rehenes del poder: pagamos impuestos por vivir y ahora ni siquiera vamos a poder quejarnos de las cosas de la vida.
Lo que es delito es secuestrar las emociones básicas del ser humano. Prohibir odiar es obligar a amar; es obligarte a convivir con cosas, situaciones o personas que no quieres. Pueden obligarnos a vivir de determinada manera, pero no pueden obligarme a amar esa vida. Puede ser normativo ser amable, pero no se puede imponer por norma.
Puedes sentir alegría por la victoria de tu equipo, mientras ellos sienten tristeza por perder. Puedes sentir tristeza por una desgracia, asco por algunas comidas (y no estás obligado a comerlas) o miedo por cualquier situación desfavorable. Sin embargo, ahora dicen que ya no puedes sentir ira ni odio.
Creo que odiar es natural. Yo y miles de científicos que han estudiado las emociones naturales del ser humano lo confirmamos; incluso se han hecho películas para explicarles a los niños y niñas que hay cosas naturales con las que tenemos que lidiar. Debemos convivir con nuestras emociones y con las de los demás. Además de ser naturales, son emociones comunes en los humanos: cualquiera puede alegrarse, entristecerse, tener miedo, asco u odio.
En vez de prohibir odiar, se podría probar a ser menos odioso. Desde la política —y nombro la política porque la orden, decreto o ley del odio nos la imponen los políticos, no la sociedad, lo cual es muy diferente—, se busca este control. Hemos avanzado en muchas opciones por clamor social y por simple normalidad; recogemos los excrementos de los perros por civismo, no porque llegara la ley. Nos pueden estar insultando y ahogando, y pretenden que no podamos odiar al sistema. Pueden crear bandos, generar odio entre nosotros y luego prohibirnos reaccionar a lo que nos hacen jugar. El odio más severo es el que recibimos desde el poder político. Deberíamos tomarlo como una medida preventiva que nos ayude a ser mejores personas, porque en el otro lado serás mala persona y estarás en el lado malo.
Yo voy a seguir odiando. Voy a seguir sintiendo, ya sea alegría, miedo, asco, tristeza e ira. Convivo con ello; tengo que seguir aprendiendo a vivir con estas emociones y experimentarlas de la mejor manera posible. No puedo alegrarme por la desgracia del otro; necesito entenderlo, escucharlo, empatizar con él y compartir mi alegría si puedo. Debo evitar causar tristeza y guardar la mía para que otros no se contagien. Menos aún puedo inculcar miedo, aunque yo tenga miedo de otros. No puedo dejar de sentir asco por ciertos comportamientos; normalmente me generan ira. Odio esos comportamientos. Voy a seguir odiando a personas, cosas, actitudes, comportamientos, leyes o situaciones. Voy a seguir odiando como lo hago: trabajando lo mejor que pueda, entregando todo lo que pueda y haciendo todo lo que pueda, aunque me odien por ello.